Negro Azabache

Carta Para Eva I

Hola, Eva:


Te preguntarás por qué te escribo en vez de contártelo mañana, o incluso pasado; quizá te lo cuente. Lo cierto es que esta carta no es estrictamente para ti y posiblemente tampoco para mí, sino para alguien que nunca la leerá, como suelen ser las cartas ahora, como fue la única otra carta que he escrito y que, sin embargo, acabó leyéndose.

Esta carta no es más que la historia de esa otra, o quizá, ni eso. Ésa la escribí como quien escribe un testamento o una nota de suicidio, así como el que agarra con fuerza un cuchillo durante mucho tiempo y no sabe exactamente por qué, o quizás sí. Esa carta (nunca aquella) también es la historia de nuestra amistad, también es la historia de los últimos dos años, pero sobre todo no es la historia de un recuerdo, no es la historia de un amor, no es ni siquiera la historia de un dolor; es la historia de un olvido.

Ayer, una vez me bajó la fiebre, lo comprendí, lo de entonces y lo de ahora: esa carta, ese amor, ese dolor, ese recuerdo y ese olvido, este presente; todo. Y como empezar por el principio no hace que se entienda nada mejor necesariamente, déjame empezar un poco por donde quiera, por el final, por ejemplo, por el olvido.

Todo lo de hace dos años se me aparece como triste, como trágico, como terrible, pero, sin embargo, no puedo dejar de pensar en ello aquí y allá, cuando me encuentro (rara vez) con alguien de ese entonces, con un dibujo de Lucía, con una canción de esas que cantábamos; ante todo cuando me encuentro pensando en el porqué de aquello, de por qué todo sucedió como entonces, y de cómo podría haber sucedido todo de otras mil formas, todas más probables, más profundas, más memorables o más fáciles de olvidar.

Ante todo, me pregunto: ¿Por qué hace dos años que no hablo con Lucía? ¿Por qué en dos años sólo he hablado 2 veces con Bel? ¿Por qué hace 2 años que no piso ese sitio? ¿Por qué una sombra de cuatro letras que brillaron más que un carbón en el abismo es todo lo que me persigue de aquél entonces? ¿Por qué ya nada es igual con Alberto?

Si todo sólo hubiese sido un veneno corrosivo en una parte estrecha de mi vida, sería tan fácil de olvidar como una noche alcohólica o como un sueño húmedo, pero no es así.

No sé por qué no puedo empezar, no lo consigo, así que creo que volveré a la carta; voy a buscarla. No la encuentro y creo que la tiré; pero encontré la libreta, parcialmente cifrada (todos hemos sido adolescentes). No es como que me de igual, pero tanto mejor. Ahora puedo escribir de nuevo el pasado y que esta vez me resulte más convincente:

“A cualquiera que sea capaz de leer estas palabras, que sepa que es digno de recibir esta carta.

Si recibes esta carta es porque creo que eres alguien a quien le diría toda mi verdad y todos mis recovecos más íntimos, a quien no le guardaría secretos; sólo puedes ser a quien le daría mi corazón con esta carta, y de quien esperaría que lo aceptase. No hay amor más cierto que el de no tener que fingir nunca porque no sea necesario, donde siempre se pueda entregar la verdad sin darle formas nuevas porque te sepas comprendido en tu verdad.

No sé si llegarás alguna vez a desentrañar lo que pone en ella, o a comprenderlo, pero déjame decirte que te quiero, que te querré siempre y que lo haré, aunque tú no me quieras.”

Tucídides estaría orgulloso de mí, sino fuera porque se me resbaló el detalle de que la carta también estaba cifrada. ¡Ah! Y no sólo la carta, también la entrega. Se la di cuando me dijo que cuál era el código de mi libreta, que si podría intentar descifrarlo. No tardó mucho.

Ésa me costó mucho redactarla, muchas lágrimas, para ser preciso, mucha precisión para negarlo cuando fuese necesario. Y te imaginarás, Eva, pues lo sabes, que hubo que negarlo, hubo que negarlo todo. Entonces ya lo supe: no había nada más que amistad hacia mí, y a mi parecer, poca. Ésta, sin embargo, me ha costado muy poco, casi ni recordarlo de tantas veces que la leí, y de tantas veces que la recordé sin leerla; además, ésa tenía dos caras, ésta sólo mucha. Qué bien se pinta uno mal, pero no demasiado mal: ¡Qué fácil olvidarse de la miseria y la desesperación y la esperanza mutilada que tenía la otra, ésa, la única!

Creo que me voy a resignar a contar las cosas por el principio, pero no mucho, no vaya a ser que cuente demasiada verdad y me atragante sin quererlo… o queriéndolo. Lo cierto es que no sé si me enamoré en esa clase de segundo mirando a unos ojos que tenían vida propia o si me enamoré de un rizo díscolo y brillante de esos suyos; quizá me enamoré cuando me dio la luz primera de su ser, la primera vez que le oí, en una reunión para cambiarme a otro instituto. Entonces lo supe, y eso que ni siquiera sabía si era él, de hecho ni le vi, de hecho, ni siquiera lo supe el día que dejé el instituto, pero creo que era él. Me enamoré para pasar un verano entero esperando a que mi vida cambiara. Y cambió, pero no cambió.

Explicar por qué Alpedrete me sumió en la miseria lo suficiente como para aceptar cualquier excusa o salida que se me propusiese no es tarea fácil ni pretendo hacerlo ahora; sólo te diré que sentía como si mi vida no fuese algo distinto de la muerte, sin futuro, sin mañana, hasta que no saliese de allí. Y sigo allí.

Lo importante fue que mi primer mes en ese sitio no fue muy distinto; sí, supe lo que quería, quién me gustaba (y es que en aquél momento me gustaba, nada más), pero las intenciones por conseguir ser la persona que quería ser en ese nuevo ambiente no dieron resultado, y, por lo tanto, nunca tuve la más mínima oportunidad. Aunque en ese momento eso fuese lo que me importaba, así como lo fue más tarde Juan, lo que de verdad destruyó de nuevo mis ilusiones fue la gente. Esta vez, por lo menos, no fue una abstracción; fue gente muy concreta, fueron incluso los lazos que la gente arrastraba de otra época de su vida, que para ellos era la misma que la de entonces, y que impidieron cualquier nueva unión con otros; pero eso yo no lo sabía y ése fue mi error.

De nuevo tuve que aliarme con mis enemigos y acercarme a la gente no por amor, sino por similitud, en una reducción aristotélica del mundo de la amistad que destruyó mi adolescencia. Fui amigo de gente que se parecía a lo que era, pero nunca a quien quise ser, gente que no quería participar de las cosas que yo sí, gente con la que fue imposible vivir la vida que había querido vivir. Sí, muy hipotético todo, pero quizá esto es lo que explique que hace 2 años que no hablo con Lucía y que en 2 años sólo haya hablado 2 veces con Belén. Esto explica también mi primer día de universidad, el primer triunfo de mi vida, y aquí, Eva, entra la parte de la carta que sólo te pertenece a ti.

Pero ya llegaremos a eso.

Para mí él fue de alguna forma la causa de mi saber qué quería ser, quizá casi un espejo de admiración, pero dentro de mí nunca pensé eso. Pensé cosas como “¡Es inigualable!” o “¡Es único!”, pero hoy sé que ninguna es cierta. Curiosamente me lo he encontrado más veces que a Belén en todos estos años, de forma casual, en fiestas. Sí, las fiestas, eso siempre se me escapó entonces.

Curiosamente entre su grupo y el mío siempre hubo un cierto antagonismo social muy fuerte, especialmente entre dos o tres personas de ambos, pero nunca entre nosotros dos; de su grupo él era el menos de su grupo y yo, del mío, posiblemente también el que menos; al resto les gustaba, les parecía bien y creían que les hacía feliz, a mí nunca. Pero supo bien, eso es innegable; la aceptación es de las cosas más dulces que inventó el sentimiento gregario de la humanidad. Pero todo esto pasó hace cuatro años y nunca me importó demasiado una vez que lo tuve.

Él, sin embargo, nunca salió de su grupo, pero nunca fue como el resto; él artista, bohemio alegre, explosivo, genial, pero siempre amable, siempre bueno; y eso fue lo peor. Lo peor de todo fue que en dos años, incluso rechazándome, no fue malo; en dos años enteros sólo me dijo algo malo, y, además, irrelevante, trágicamente irrelevante: un solo “Cállate un poco, joder” en una clase de mates irrelevante. Sólo eso, y, sin embargo, fue lo suficiente para serme memorable. En mi kit de parches para corazones rotos sólo tenía instrucciones para arreglar heridas sangrantes y para ahogar en agua salada a los arponeros y apuñaladores del mismo, pero creo que nunca incluyó suficiente tela para vendar un amor insepulto que murió antes de empezar y que fue creciendo dentro, sin razón física concreta, para pinchar, hasta que no me cupo dentro y estalló, reventándome todo por dentro.

Nunca estuve preparado para olvidar a alguien a quien no pude odiar, al alguien que no me dejó odiarle.

Tampoco me justificaré con el delirio de un corazón que me volvió inconsciente, porque sería mentirte a ti y a mí; siempre fui consciente de todo esto que te cuento y de lo que no fui consciente plenamente fue porque no me lo terminé de creer ni yo mismo. Siempre he sido frío y analítico, siempre pensando en lo siguiente, en una trampa nueva y en una victoria sublime. Sin embargo, en esa época no vi ninguna. Sólo una, quizá.

Pero no todo fue amor, y, sin embargo, todo fue amor en ese tiempo. Conocí a una cantidad ingente de gente; con la mayoría nunca terminé de encajar. Demasiado de otro mundo como para ser de su mundo, en muchos planos.

Belén nunca tuvo un mal interno, o nunca fue capaz de aceptarlo, de modo que siempre nos separó un abismo emocional, un afán destructivo muy íntimo que yo me conocía y manejaba y que ella no quiso ver en sí; yo el mío lo pude llegar a disfrutar y acabó por ser mi mejor arma; ella acabó consumiéndose en el suyo, cuando para la vida sus ganas de bien y su virtud no fueron suficientes: no creo que tenga que extenderme más en esto, lo único que importa es que no lo pasó bien, como tampoco lo pasó Claudia, y como posiblemente tampoco lo pasó ninguno de los que vivimos en ese mundo esos dos años; yo no lo pasé tan mal, o quizá ya me haya olvidado; quizá esto es el olvido.

Lucía fue siempre otro cantar. Ella era muy oscura por dentro, pero no lo utilizaba, le utilizaba a ella; siempre fue presa de sus pasiones, nunca arquitecta de sus venganzas; eran demasiado molestas para ella. Para ella todo era en cierto sentido comprensible y perdonable, porque ella hubiese hecho lo mismo casi siempre o peor, pero nunca dejaba de recordártelo, sin malicia, sin carga moral, sin dolor ni rencor, pero era imposible olvidar a su lado. Pero no fue esto por lo que no volví a hablar con ella. La razón es un hombre de la larga lista de hombres que me gustaron y que acabaron con ella, y curiosamente, el único que fue mi culpa, no la suya. Pero no creo en la culpa ni en el mérito, y mucho menos cuando “todos ganamos”. Ahora creo que ninguno ganó.

Claudia tuvo la peor parte del pastel seco, arenoso y pasado que nos tocó comer. No tuvo suerte, pero tampoco se buscó otra forma. La verdad es que todo fue muy triste, tanto ella como Jesús lo tuvieron muy jodido y no lograron sobreponerse lo suficiente, porque no nos engañemos, nadie lo hizo; bachillerato fue la miseria que borró las pocas sonrisas que tuvimos pintadas en la cara por nosotros mismos, por nuestros actos y logros. Y mis logros con Claudia fueron muy pocos; entre ella y yo sólo había una similitud de gustos y una comprensión interna de lo que era estar mal. Y yo contribuí a su mal. Una parte de su mal fue mi victoria.

Una tarde me vi metido en la cama de cierta persona como por arte de magia, de magia negra, por supuesto. Pocos macarrones con tomate tuvieron un efecto más destructor sobre la moral pública; lástima que pocos se enterasen cuando debieron hacerlo y que todos los que nos enteramos nos importó más o menos nada. Ocurrió, y como ocurrió, hubo una cierta distancia siempre entre ella y yo; entre ella, yo y la otra (o debería decir la una). Justo entonces supe huir sutilmente de aquello mismo que hice, o mejor, que hicimos, y lo hice de tal forma que supe al mismo tiempo de lo que era capaz y que, con o por otro, nunca olvidaría a Juan.

¿Y por qué dije que nada fue amor, pero que todo lo fue? Porque Belén cayó por amor, porque Lucía cayó por amor, porque Claudia cayó por amor y porque yo me dejé caer por amor. Pero Belén no cayó por amor, sino por el vacío tras el amor; Lucía no cayó por amor, sino por el que la amaba; Claudia no cayó por amor, sino por falta del mismo; yo no caí por amor, sino por la idea de mi amor.

Cuando verdaderamente me enamoré de Juan y no era sólo un gusto o una apetencia, ya estaríamos por segundo; y si acabé segundo fue porque me retorcía el silencio, me retorcía la posibilidad remota del amor, me abrasaba, me quemaba, me helaba y me iluminaba. Y cuando le dejó su novia (sí, esa que nos cruzamos ahora en los pasillos) y él estaba destrozado, por primavera que sería, yo estuve ahí y nos hicimos amigos. A todo esto, yo ya exclamé al mundo, por lo menos al extrafamiliar, que era gay como en primero. Y lo curioso fue que, en vez de aprovecharme, asaltarle o conquistarle, lo que hice fue empujarle de nuevo hacia ella cuando ella volvió después, pues sabía que le haría feliz.

En ese momento supe que algo se me había roto dentro y que ahora tenía la imagen de Juan tatuada por dentro y que la tendría por mucho tiempo. Pero me asfixiaba y ya sabía que, tras la carta, pues pasó poco antes o después, ya no le quería a él, porque él nunca me querría y desearle conmigo era desearle la miseria; lo que quería era la idea que de él tenía, toda la luz que tenía dentro, toda la vida que al resto nos faltaba. Todos gritábamos muerte y él era la encarnación de la vida, la alegría y, si era necesario, incluso de la tristeza de vivir. Aquí fue que la imagen de sus ojos marrones como la corteza más marrón y bonita del mundo se había anclado en el océano abisal de mi vacío. Ahora lo recuerdo: esa imagen vino como un fantasma desde primero; en la ventana del final de la clase con las montañas detrás, con un calor demoníaco y con una luz sobrenatural, allí descubrí el paraíso terrenal, sólo que el mío cavó más de cuatro ríos en torno a mis ojos contempladores y el espejo empañado de mis sueños se quebró sin remedio. Creo que ya desde allí dejé de verle y empecé a ver ese recuerdo infinito, extático, primordial de un amor desbordante.

Como sucede que recuerdo ahora lo recordaba entonces. Lo recordaba al verle cada día, al ver a la payasa de su amiga, y al cani de su mejor amigo (el único cani de Torre y tampoco muy cani). Y después lo recordé cada vez que veía cada fibra de lo compartido con él: todas las horas hablando con Belén, todas las tardes con Lucía, todos los “¡Ay, chico!” de Claudia, pero en ella mucho menos. Y no sólo eso, cada victoria allí me supo a falta de él, y por eso ninguna fue victoria, incluso cuando hacía ya mucho que sabía que era imposible. Sí, me refiero a Jesús.

Pero lo último que tuvimos Juan y yo fue lo más duro de llevar de todo. No hay en el mundo algo más trágico que que te obliguen a compartir cama (y digo obligar, pero debería decir otra cosa) con la persona que más amas del mundo y que sabes que no siente nada por ti… especialmente cuando es por 7 noches en un clima húmedo y caluroso y todos tus pensamientos son húmedos y calurosos, pero trágicamente respetuosos. Azares o no tan azares del destino, no durmió ni una noche conmigo en el hotel. De hecho, un día al despertarme yo, llegó él y salimos a la terraza con sus amigos guitarra en mano y con un sándwich verde que compartimos entre todos. Ése es mi último recuerdo con él; el resto sólo son datos e imágenes vagas. Fue como enseñarme un espejismo del paraíso, el último recuerdo de todo lo que no pudo ser: la historia de un fracaso o de un imposible. Un hotel repleto de ucranianos entrados en carnes es lo último que compartimos, eso y una conversación trascendental con una copa en la mano en algún momento. No fue suficiente.

A partir de este momento empieza todo lo que tú ya conoces. Sí, pasé un verano entretenido pero vacío; conocí a alguien que fue como muchos otros y que acabó por no ser nada y no llamar nunca más. De ése sólo un sofá incómodo y alguna otra primera cosa incómoda más. Y una semana después, UCM.

Aquí tengo que explicarte lo que te he dibujado alguna vez, pero nunca te he contado del todo. Toda la historia de mis amistades había sido un fracaso, no sólo por la intromisión amorosa mutua, sino porque nunca tuve la primacía para nadie; nunca fui el mejor amigo de nadie, nunca fui el amado de nadie, sólo el secundario amante, nunca fui feliz. El primer día llegué dispuesto a ser la zorra implacable que dirigiese su propia vida, y si hacía falta, también la del resto. Tuve la oportunidad que nunca tuve al empezar bachillerato en otro instituto: multitud de gente desenraizada y perdida, optimista y con intereses comunes. Así pues, busqué a alguien para crear un grupo de wasap, o, mejor dicho, una excusa, y ahí estabas tú. De cada persona que me interesaba conseguí lo que quería: integrarla y hacerlo cerca de mí.

¿Y qué quería? ¿Por qué tú? Necesitaba vivir, pero para vivir necesitaba olvidar los kilómetros de cadenas que me ataban a un pasado lleno de tristeza y de incapacidad de lograr mis objetivos, de establecer vínculos emocionales sólidos y que me llevasen a dónde quería estar. Fuiste tú porque salías, porque vivías, porque de los allí presentes tú eras la primera en decir: vámonos, a vivir todo el mundo. No fue éste el único de los motivos, pero sí el más importante.

Y en ti comencé una carrera de exteriorización de mi ser como no lo he hecho nunca, pero no sólo eso, sino también de adaptación; me lancé con los brazos abiertos a ser otra cosa, a olvidar todo el pasado, a olvidar todo el presente. En cierta medida me dejé perder un poco en ti, pero no demasiado. Además, siempre he sido voluble y de todas formas no es como que no fuese algo bueno y deseable. Si ahora puedo vivir queriéndolo es porque te conocí, porque encontré un lugar en el mundo donde no necesitaba limitarme para ser.

Pero el olvido fue entonces imparable. No fue un olvido violento como el que niega todo lo hecho y lo sido, sino más bien un olvido de mí mismo, más concretamente del yo mismo que mismamente vendió su felicidad al imposible, luchando contra todo lo que es para conseguir lo que quería (curiosamente esto en un primer momento fue lo que me permitió llegar a ser feliz). Y cambió mi amor.

Sí, cambió. ¿Por qué? No podía simplemente olvidarle, no lo pude ni siquiera con aquél chico del verano, que no fue ni amor, y que, por ser, no fue nada, pero el olvido me había hecho soportar mi vida, aunque no me había hecho quererla, amarla. El olvido me había mostrado todo aquello de mi vida que era destructivo, nocivo e invariable, y que curiosamente no estaba todo dentro de mí. Verte me hizo ver cómo lo mío era insuficiente, pero cómo tenía que soportarlo. No dedicaré una palabra a quién no la merece.

Así pues, mi amor era dejar que me amaran, sumergirme en el olvido más grande que haya visto mi vida. Acabó mal. Otro ser que ha recibido demasiadas palabras para las pocas que merece.

Ese día, después de ir llorando en aquél bus en un tiempo intermedio entre la media hora y las tres horas, tras haber llamado a alguien, posiblemente a ti, ya no lo recuerdo, supe que otra cosa en mí se había roto. Sí, ahí se me rompió el amor, se me rompió Juan y se me quebró el alma en el olvido de la muerte. Y los siguientes tres meses fueron muy parecidos a la muerte, pero después viví de nuevo. Si sobreviví esos tres meses, que fueron los más duros de mi vida, no sólo por eso sino por todo lo demás combinado, fue también por ti. Fuiste el apoyo que nunca nadie había sido en mi vida, y siéndolo hiciste que nunca más sintiese que nuestra amistad era pequeña y que nuestra relación poquita cosa. Fue en esa época poco más o menos cuando empecé a conocer bien a Irene, pero a ella le debo una carta distinta.

El verano que siguió fue raro. Ese verano en el que David estuvo fuera casi todo el tiempo, en el que estaba firmado el pacto de no-amistad con Alberto, y en el que vosotras, Alex y el resto de la facultad estabais fuera, me dejaron muy solo; así que me metí en el gimnasio 3 meses y os visité y viajé. Pero no todos los viajes fueron iguales.

Cuando me fui a Motril con David, su hermana, su novia y una amiga (ahora que lo pienso más de la hermana de David que del resto), no sabía que iba a irse todo tan a la mierda. Poco a poco volví a ver lo que siempre me había pasado con él, que siempre había otra persona antes para todo, y encima, ahora estaba su novia. Podría decirte que no me sentía celoso, pero sólo sería verdad hasta cierto punto. Sigo sin saber muy bien cómo me siento con respecto a David, pero ya me da igual. Lleva mucho tiempo dándome igual, y prefiero no entender nada que entenderlo todo, porque sé que podría y que eso rompería otras tantas cosas, y esta vez no sólo efigies interiores y retratos robot de un alma desconocida.

Lo importante es que, entre el fracaso de semana, en la que prácticamente fui un cero a la izquierda todo el viaje y la falta de todos los de la uni, el verano ya empezaba fuerte, y dejándome prácticamente solo. Por eso es que perdí diez kilos casi; no tenía nada mejor que hacer, y la idea de un futuro brillante, aunque vacío, era mejor que la realización de un futuro mediocre y una vida vacía. Así que leí, dormí, comí e hice ejercicio. Al final conseguí recomponerme por dentro a falta de otra cosa mejor que hacer. Ah, sí, y vi series, muchas series. No fue nada distinto al resto de la terapia del olvido, sólo era diferente porque estaba solo y era imposible rebatir eso; he de decir, que tan cierto como era, tampoco me sentía solo, simplemente hastiado, lejos y sin mucho que hacer.

Y luego vino Cádiz. Cuando llegué a Cádiz con Irene no sólo disfruté y conocí mucha gente, también la lié un poco. Todavía no me explico por qué, pero revivir mi capacidad para lograr cosas con independencia del resto de las circunstancias me embriagó hasta puntos que, aunque no desconocidos, eran indeseables. Y no, no me refiero a los extremos de mi comportamiento con aquél moreno, sino más bien con el otro. Pero eso sigue perteneciendo a la carta para Irene, no a la tuya; a la tuya lo que pertenece es lo de después, cuando fui a verte, bueno, yo y la legión de casi todos los compis de clase para las fiestas aquellas.

Esas fueron muy distintas a las anteriores, muy nuestras, cuando vi algo de tu mundo que no me podrían haber contado mil palabras de diverso creador ni de diversa finalidad. Lo que vi esas navidades me cambió radicalmente por dentro, y fue una de las cosas por las que pude sobrevivir a los tres meses de desesperación tras aquél al que ya no doy nombre.

Pero volvamos a las fiestas. Lo de Izan me jodió, punto. Otra esquirla más de esperanza que se independizaba del núcleo luminoso del futuro, de la nueva vida tras la muerte que fue aquello, para ir a parar a un pozo de olvido; pero tampoco me quiero engañar, Izan tenía tan poco del Izan real para mí como poco hay de amor en la palabra amor. Lo tenía dentro desde navidades y se me desplomó, pero en el fondo me dio igual; en el fondo, pero en algún lugar intermedio me afectó. Total, que tenía el cuerpo poco para fiestas, y el estómago todavía para menos, así que me escaqueé tres días a por pan-pizza y os dejé bailar, no tanto a ti, sino a los que necesitaban que sus expectativas casasen con lo que les estaba sucediendo (y que como bien sabes, no tenían mucha correlación). Los mejores momentos de esa semana serán siempre las conversaciones y la propia reunión, y eso no nos lo puede quitar nada ni nadie; eso y las risas. Hasta aquella semana hacía mucho tiempo que no reía.

Al volver a Madrid ya quedaba poco para el curso, pero un verano reflexivo tampoco hizo tanto como yo creía. Conocí a David, y el resto ya lo sabes. Sigo bastante perdido, la verdad, no sé lo que hago, por qué lo hago o si hago algo: el vacío de otra época se ha intercambiado por una ausencia distinta. Ya no busco ni vivir ni morir ni nada, sólo estoy, me dejo llevar, intento echar el tiempo. Todo me aburre bastante, pero tampoco lo suficiente como para reaccionar. Ya no hago planes, estratagemas, no como antes, al menos. Veo series. Sí, eso es cierto. Todo en mi vida es contemplar, y quizá jugar con un cuchillo esperando la desgracia o el hastío. Creo que ya no voy a mandarte esta carta. Si acaso lo hago, todavía tengo una excusa para volver a escribirte: ahora conoces ese pasado legendario mío que toda persona tiene, y ya sé del tuyo, pero todavía queda ver por qué encajan juntos.


Gracias por este maravilloso monólogo entre los dos, Eva.


Firma: El gato, la serpiente y el erizo,

siempre suyos.


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